Detrás de cada travesía exitosa existe una cultura de mantenimiento riguroso. Conocer el propio barco en profundidad es el primer paso hacia la navegación segura.
El mantenimiento de un velero no es una tarea ocasional sino una práctica constante que requiere planificación y conocimiento técnico. Los navegantes experimentados saben que los problemas no se resuelven en el mar: se previenen en tierra.
El casco es el primer elemento de atención. La pintura antifouling, renovada habitualmente en la varada de primavera, protege la obra viva de la acumulación de organismos marinos. La regularidad de este mantenimiento influye directamente en el rendimiento del barco.
El aparejo es quizá la parte más crítica desde el punto de vista de la seguridad. Los obenques, los backstays y el estay de proa soportan fuerzas enormes durante la navegación. La inspección regular de los terminales, los tensores y los pasadores de seguridad puede evitar una avería grave en el mar.
Las velas merecen una atención especial. Los puntos de labor, las costuras y las ratoneras son áreas donde el desgaste se concentra. Un velero con las velas en buen estado no solo navega mejor: consume menos energía del tripulante y responde con mayor precisión a los controles.
El motor auxiliar, aunque secundario en un velero, requiere un mantenimiento tan riguroso como en cualquier embarcación a motor. Los filtros, el refrigerante y la correa del alternador son elementos que se inspeccionan regularmente y se reemplazan preventivamente.
